Hace muchos años, a muchos kilómetros de aquí, existía Myr Tariniel. La ciudad reluciente. Se erguía entre las altas montañas del mundo como una piedra preciosa en la corona de un rey. Imaginaos una ciudad tan grande como Londres. Pero en cada esquina de cada calle había una fuente, o un árbol, o una estatua tan hermosa que incluso un hombre orgulloso lloraba al verla. Los edificios eran altos y elegantes, excavados en la montaña, excavados en una piedra blanca y reluciente que conservaba la luz del sol hasta más allá del anochecer. Selitos gobernaba en Myr Tariniel. Con solo mirar una cosa, Selitos veía su nombre oculto y lo entendía. En aquellos tiempos, había mucha gente que podía hacer eso, pero Selitos era el nomi-nador más poderoso de cuantos vivían en aquella época. Selitos era amado por la gente a la que protegía. Sus juicios eran estrictos y justos, y no había nadie que pudiera influir en él con falsedades o engaños. El poder de su visión era tal que podía leer los corazones de los hombres como si fueran libros de gruesas letras. En aquellos tiempos se libraba una guerra terrible en un vasto imperio. La guerra se llamaba Guerra de la Creación, y el imperio se llamaba Ergen. Y pese a que el mundo jamás ha visto un imperio tan magnífico ni una guerra tan terrible, ambos ya solo viven en las historias. Hasta los libros de historia que los mencionaban como rumores inciertos se han convertido en polvo. La guerra duraba tanto que la gente apenas recordaba los tiempos en que el humo de las ciudades incendiadas no ennegrecía el cielo. Antaño había habido cientos de hermosas ciudades esparcidas por todo el imperio. Ahora eran solo ruinas cubiertas de cadáveres. Había peste y hambre por todas partes, y en algunos sitios era tal la desesperación que las madres ya no lograban reunir suficiente esperanza para ponerles nombres a sus hijos. Pero quedaban ocho ciudades: Belén, Antus, Vaeret, Tinusa, Emlen y las ciudades gemelas de Murilla y Murella. Por último estaba Myr Tariniel, la más grande de todas y la única que no estaba marcada por largos siglos de guerra. La protegían las montañas y unos valientes soldados. Pero la verdadera causa de la paz de Myr Tariniel era Selitos. Utilizando el poder de su visión, Selitos vigilaba los puertos de montaña que conducían a su amada ciudad. Sus estancias estaban en las torres más altas de la ciudad, para que pudiera divisar cualquier ataque mucho antes de que llegara a convertirse en una amenaza. Las otras siete ciudades, que no contaban con los poderes de Selitos, se protegían de otras maneras. Depositaron su esperanza en gruesos muros, en la piedra y en el acero. Depositaron su esperanza en la fuerza de los brazos, en el valor y en la sangre. Depositaron su esperanza en Lanre. Lanre había luchado desde que podía levantar una espada, y para cuando empezó a cambiarle la voz, peleaba como una docena de hombres hechos y derechos. Se desposó con una mujer llamada Lyra, por la que sentía un profundo amor, una intensa pasión. Lyra era terrible y sabia, y tenía tanto poder como Lanre. Pues mientras que Lanre tenía la fuerza de su brazo y el apoyo de hombres leales, Lyra sabía los nombres de las cosas, y el poder de su voz podía matar a un hombre o aplacar una tormenta. Pasaban los años, y Lanre y Lyra combatían hombro con hombro. Defendieron Belén de un ataque por sorpresa, salvando la ciudad de un enemigo que la habría destruido. Reunían ejércitos y hacían comprender a las ciudades la importancia de la lealtad. Durante largos años rechazaron a los enemigos del imperio. La gente, que se había dejado vencer por la desesperación, empezó a sentir que la esperanza volvía a arder en su interior. La gente confiaba en alcanzar la paz, y depositó esas débiles esperanzas en Lanre. Entonces llegó la Nagra de Vessten Tor. Nagra significaba « batalla » en el idioma de la época, y en Vessten Tor tuvo lugar la mayor y más terrible batalla de esa terrible guerra. Los ejércitos lucharon sin cesar durante tres días bajo el sol, y sin cesar durante tres noches a la luz de la luna. Ningún bando consiguió derrotar al otro, y ambos se resistían a retirarse. Sobre la batalla en sí solo tengo una cosa que decir. En Vessten Tor murieron más personas de las que viven hoy en día en el mundo. Lanre siempre estaba donde la batalla era más cruenta, donde más lo necesitaban. Nunca soltó la espada ni la enfundó en su vaina. Al final, cubierto de sangre en medio de un campo sembrado de cadáveres, Lanre se enfrentó, solo, a un terrible enemigo. Una bestia enorme con escamas de hierro negro, cuyo aliento era una oscuridad que sofocaba a los hombres. Lanre peleó con la bestia y la mató. Lanre consiguió la victoria, pero la pagó con la vida. Una vez terminada la batalla, y cuando el enemigo ya se había retirado detrás de las puertas de piedra, los supervivientes encontraron el cadáver de Lanre, frío e inerte, cerca de la bestia que había matado. La noticia de la muerte de Lanre se extendió rápidamente, cubriendo el campo de batalla con un manto de desesperación. Habían ganado la batalla y habían cambiado el curso de la guerra, pero todos sentían un frío intenso en su interior. La pequeña llama de esperanza que todos habían cultivado empezó a parpadear y a apagarse. Habían depositado todas sus esperanzas en Lanre, y Lanre estaba muerto. En medio del silencio, Lyra se quedó de pie junto al cadáver de Lanre y pronunció su nombre. Su voz era un precepto. Su voz era de acero y de piedra. Su voz le ordenaba que volviera a vivir. Pero Lanre yacía inmóvil y muerto. Con temor, Lyra se arrodilló junto al cadáver de Lanre y susurró su nombre. Su voz era una llamada. Su voz era de amor y de deseo. Su voz le pedía que volviera a vivir. Pero Lanre yacía frío y muerto. Desesperada, Lyra se echó sobre el cadáver de Lanre y lloró su nombre. Su voz era un susurro. Su voz era de eco y de vacío. Su voz le suplicaba que volviera a vivir. Pero Lanre yacía sin aliento y muerto. Lanre estaba muerto. Lyra lloraba y le tocaba la cara con manos temblorosas. Alrededor, los hombres giraron la cabeza, porque era menos doloroso contemplar el campo ensangrentado que el dolor de Lyra. Pero Lanre oyó la llamada de Lyra. Lanre se volvió hacia el sonido de su voz y fue hacia ella. Lanre regresó de detrás de las puertas de la muerte. Pronunció el nombre de su esposa y abrazó a Lyra para consolarla. Abrió los ojos e hizo cuanto pudo para enjugarle las lágrimas con sus temblorosas manos. Y entonces respiró hondo y volvió a la vida. Los supervivientes de la batalla vieron moverse a Lanre y se maravillaron. La débil esperanza de paz que cada uno de ellos había alimentado durante tanto tiempo ardió con intensidad en su interior. —¡Lanre y Lyra! —gritaban con voz atronadora—. ¡El amor de nuestro señor es más fuerte que la muerte! ¡La voz de nuestra señora lo ha devuelvo a la vida! ¡Juntos han derrotado a la muerte! Juntos, ¿cómo no van a conseguir la victoria? La guerra continuó, pero ahora que Lanre y Lyra luchaban hombro con hombro, el futuro parecía menos desalentador. Pronto todos supieron la historia de cómo Lanre había muerto, y de cómo su amor y el poder de Lyra lo habían devuelto a la vida. Por primera vez la gente podía hablar abiertamente de paz sin que la consideraran necia o loca.
Pasaron los años. Los enemigos del imperio estaban cada vez más debilitados y más desesperados, y hasta los más cínicos se percataban de que el fin de la guerra estaba próximo. Entonces empezaron a circular rumores: Lyra estaba enferma. Habían secuestrado a Lyra. Lyra había muerto. Lanre había huido del imperio. Lanre había enloquecido. Algunos incluso decían que Lanre se había suicidado y había ido a reunirse con su esposa en la tierra de los muertos. Había historias en abundancia, pero nadie sabía la verdad. En medio de todos esos rumores, Lanre llegó a Myr Tariniel. Llegó solo, con su espada de plata y su cota de malla negra de hierro. La cota de malla se le adhería al cuerpo como una segunda piel de sombra. La había forjado con el armazón de la bestia que había matado en Vessten Tor. Lanre pidió a Selitos que lo acompañara fuera de la ciudad. Selitos accedió, con la esperanza de que Lanre le revelara qué problema tenía y dispuesto a ofrecerle todo el consuelo que puede ofrecer un amigo. Solían darse consejos mutuamente, porque ambos eran señores entre sus gentes. Selitos había oído los rumores, y estaba preocupado. Temía por la salud de Lyra, pero sobre todo temía por Lanre. Selitos era un hombre sabio. Sabía que el sufrimiento puede afectar gravemente al corazón, y que las pasiones conducen a hombres buenos al delirio. Juntos recorrieron los senderos de las montañas; Lanre iba delante. Llegaron a una cima desde donde se contemplaba una vasta extensión de tierras. Las orgullosas torres de Myr Tariniel brillaban a la luz del ocaso. Tras un largo silencio, Selitos dijo: —He oído terribles rumores sobre tu esposa. Lanre no dijo nada, y Selitos dedujo que Lyra había muerto. Tras otra larga pausa, Selitos volvió a intentarlo: —Aunque no sé qué ha pasado, Myr Tariniel está contigo, y te prestaré toda la ayuda que se puede prestar a un amigo. —Ya me has dado suficiente, viejo amigo —replicó Lanre, y le puso una mano en el hombro a Selitos—. Silanxi, te vinculo; por el nombre de la piedra, que permanezcas inmóvil. Aeruh, le ordeno al aire que pese sobre tu lengua. Selitos, te nombro; que te abandonen todos tus poderes salvo el de la visión. En todo el mundo solo había tres personas que supieran de nombres tanto como Selitos: Aleph, Iax y Lyra. Lanre no tenía don para los nombres; su poder residía en la fuerza de su brazo. Su intento de vincular a Selitos mediante su nombre era tan inútil como el de un niño de atacar a un soldado con una vara de sauce. Sin embargo, el poder de Lanre descendió sobre él como una pesada carga, como un torno de hierro, y Selitos comprobó que no podía moverse ni hablar. Se quedó allí de pie, quieto como una estatua, sin poder hacer otra cosa que maravillarse: ¿cómo había conseguido Lanre ese poder? Confundido y desesperado, Selitos vio que la noche descendía sobre las montañas. Horrorizado, vio que parte de esa oscuridad que lo invadía todo era, de hecho, un gran ejército que se acercaba a Myr Tariniel. Y lo peor era que no sonaban las campanas de alerta. Selitos solo podía contemplar cómo el ejército se acercaba más y más sin que nadie lo advirtiera. El enemigo masacró e incendió Myr Tariniel; cuanto menos hablemos de lo que sucedió, mejor. Las blancas murallas quedaron calcinadas y de las fuentes brotaba sangre. Durante una noche y un día, Selitos permaneció allí de pie, impotente, junto a Lanre, sin poder hacer otra cosa que mirar y escuchar los gritos de los moribundos, el resonar del hierro, los crujidos de la piedra al romperse. A la mañana siguiente, cuando la luz del amanecer iluminó las torres ennegrecidas de la ciudad, Selitos comprobó que ya podía moverse. Se volvió hacia Lanre, y esa vez la visión no le falló. Vio en Lanre una gran oscuridad y un espíritu atormentado. Pero Selitos todavía notaba las cadenas del sortilegio que lo inmovilizaba. Lidiando con la rabia y el desconcierto, dijo: —¿Qué has hecho, Lanre? Lanre siguió contemplando las ruinas de Myr Tariniel. Estaba encorvado, como si llevara un gran peso sobre los hombros. Con voz cansina, dijo: —¿Se me consideraba un buen hombre, Selitos? —Eras de los mejores. Te considerábamos impecable. —Y sin embargo, mira lo que he hecho. Selitos no podía mirar su ciudad en ruinas. —Sí, mira lo que has hecho —concedió—. ¿Por qué? Lanre hizo una pausa. —Mi esposa ha muerto —dijo—. He sido víctima del engaño y de la traición, pero soy el único responsable de su muerte. —Tragó saliva y giró la cabeza para contemplar el paisaje. Selitos lo imitó. Desde el mirador donde se encontraban, divisó unas columnas de humo negro. Selitos comprendió, con certeza y horror, que Myr Tariniel no era la única ciudad que había quedado destruida. Los aliados de Lanre habían devastado los últimos bastiones del imperio. Lanre se volvió. —Y eso que era de los mejores. —Era terrible contemplar el rostro de Lanre; el dolor y la desesperación habían hecho estragos en él—. ¡Yo, un hombre al que todos consideraban sabio y bueno, soy el responsable de todo esto! —Agitó los brazos—. Imagínate las infamias que un hombre de menos valía que yo puede ocultar en su corazón. —Lanre contempló Myr Tariniel, y lo invadió una especie de paz—. Para ellos, al menos, todo ha terminado. Ahora ya están a salvo. A salvo de las innumerables desgracias de la vida diaria. A salvo de los dolores de un destino injusto. Selitos dijo en voz baja: —A salvo del goce y de la maravilla… —¡No existe el goce! —gritó Lanre con una voz espantosa. El sonido de su voz rompió las piedras y rebotó hacia ellos con un eco cortante—. Cualquier goce que surja aquí lo asfixian rápidamente las malas hierbas. Yo no soy un monstruo que destruye por puro placer. Si siembro sal es porque tengo que elegir entre las malas hierbas o nada. —Selitos solo veía vacío detrás de sus ojos. Selitos se agachó para coger del suelo una piedra con un canto puntiagudo. —¿Pretendes matarme con una piedra? —Lanre soltó una risotada —. Quería que lo entendieras, que supieras que no era la locura lo que me obligaba a hacer estas cosas. —Tú no estás loco —admitió Selitos—. No veo locura en ti. —Confiaba en que quizá quisieras unirte a mí en lo que me propongo hacer. —Lanre habló con un desesperado anhelo en la voz —. Este mundo es como un amigo con una herida mortal. Una pócima amarga administrada con prisas solo consigue aliviar el dolor. —¿Destruir el mundo? —murmuró Selitos—. Tú no estás loco, Lanre. Lo que se ha apoderado de ti es algo peor que la locura. Yo no puedo curarte. —Tocó la afilada punta de la piedra que tenía en la mano. —¿Quieres matarme para curarme, viejo amigo? —Lanre volvió a reír; era una risa terrible y salvaje. Entonces miró a Selitos, y una repentina esperanza se reflejó en sus vacíos ojos—. ¿Puedes hacerlo? —preguntó—. ¿Puedes matarme, viejo amigo? Selitos miró a su amigo a los ojos. Vio que Lanre, casi loco de dolor, había buscado el poder para devolver a Lyra a la vida. Por amor a Lyra, Lanre había buscado el conocimiento donde es mejor dejar el conocimiento en paz, y lo había obtenido pagando un precio terrible. Sin embargo, incluso con ese poder que tanto le había costado obtener, no había podido devolverle la vida a Lyra. Sin ella, para Lanre la vida no era más que una carga, y el poder que había adquirido era como un puñal caliente en su pensamiento. Para huir de la desesperación y de la agonía, Lanre se había suicidado. Había recurrido al último refugio de los hombres: había intentado escapar por las puertas de la muerte. Pero así como el amor de Lyra lo había rescatado a él de detrás de la última puerta, esa vez el poder de Lanre lo había obligado a regresar del dulce estado de inconsciencia. Su recién adquirido poder lo hizo volver a su cuerpo, obligándolo a vivir.
Selitos miró a Lanre y lo comprendió todo. Ante el poder de su visión, esas revelaciones colgaban en el aire, como oscuros tapices, alrededor de la temblorosa figura de Lanre. —Puedo matarte —dijo Selitos, y apartó la vista del rostro de Lanre, que reflejaba una repentina esperanza—. Estarías muerto una hora, o un día. Pero regresarías, atraído como el hierro a una piedra imán. Tu nombre arde con el poder que tienes dentro. No puedo extinguir ese fuego, como tampoco podría lanzar una piedra que alcanzara la luna. Lanre encorvó los hombros. —Abrigaba esperanzas —se limitó a decir—. Pero sabía la verdad. Ya no soy el Lanre que tú conocías. Mi nombre es nuevo y terrible. Soy Haliax, y ninguna puerta puede cerrarme el paso. Lo he perdido todo: no tengo a Lyra, no tengo el dulce consuelo del sueño, no puedo olvidar, y hasta la locura está fuera de mi alcance. La muerte es una puerta abierta a mi poder. No tengo forma de huir. Solo tengo la esperanza del olvido después de que todo haya desaparecido y de que el Aleu se desprenda, innombrable, del cielo. —Y después de decir eso, Lanre se tapó la cara con ambas manos, y unos silenciosos y bruscos sollozos sacudieron su cuerpo. Selitos contempló las tierras que se extendían a sus pies y sintió una débil chispa de esperanza. Seis columnas de humo se alzaban en la lejanía. Myr Tariniel había sido borrada y seis ciudades, arrasadas. Pero eso significaba que no todo estaba perdido. Aún quedaba una ciudad… A pesar de todo lo que había ocurrido, Selitos miró a Lanre con compasión, y cuando habló, su voz denotaba tristeza. —Entonces, ¿no queda nada? ¿Ni una pizca de esperanza? —Le puso una mano en el brazo a Lanre—. En la vida hay cosas buenas. Incluso después de todo esto, yo te ayudaré a buscarlas. Si quieres intentarlo. —No —dijo Lanre. Se irguió cuan largo era, y detrás de las arrugas de sufrimiento, su gesto era majestuoso—. No hay nada bueno. Sembraré sal, para que no crezcan las malas hierbas. —Lo siento —dijo Selitos, y se irguió también. Entonces Selitos habló con una voz potente: —Mi visión nunca se había nublado como ahora. No supe ver la verdad que había dentro de tu corazón. Selitos respiró hondo y continuó: —Mis ojos me engañaron. Que nunca vuelva… —Levantó la piedra y se clavó el canto puntiagudo en un ojo. Su grito resonó entre las rocas, y Selitos cayó de rodillas, jadeando—. Que nunca vuelva a estar tan ciego. Se produjo un terrible silencio, y las cadenas del sortilegio soltaron a Selitos. Lanzó la piedra a los pies de Lanre y dijo: —Por el poder de mi propia sangre te vinculo. Que tu propio nombre te maldiga. Selitos pronunció el largo nombre que había visto en el corazón de Lanre, y el sol se oscureció y el viento arrancó las piedras de la montaña. Entonces Selitos dijo: —Caiga sobre ti mi maldición. Que tu rostro siempre esté en sombras, negro como las torres caídas de mi amada Myr Tariniel. »Caiga sobre ti mi maldición. Que tu propio nombre se vuelva en tu contra, y que nunca encuentres la paz. »Caiga sobre ti y sobre todos los que te sigan mi maldición. Que dure hasta el fin del mundo y hasta que el Aleu se desprenda, innombrable, del cielo. Selitos vio cómo una masa oscura rodeaba a Lanre. Al poco rato, dejaron de distinguirse sus hermosas facciones; solo se percibía una vaga impresión de la nariz, la boca y los ojos. Todo lo demás era una negra sombra. Entonces Selitos se levantó y dijo: —Me has vencido una vez mediante la astucia, pero eso no volverá a suceder. Ahora veo con más claridad que antes, y soy dueño de mi poder. No puedo matarte, pero puedo echarte de aquí. ¡Vete! Tu imagen es aún más repugnante porque sé que antes eras justo. Ya mientras las pronunciaba, esas palabras tenían un sabor amargo. Lanre, con la cara en sombras, más oscura que una noche sin estrellas, salió despedido como el humo impulsado por el viento. Entonces Selitos agachó la cabeza y derramó ardientes lágrimas de sangre sobre la tierra.